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Titulo: El chantaje del príncipe
Autor: Olivia Gates
Nº: 1

Eduardo D’Agostino multimillonario residente en Manhattan y príncipe de Castaldini, estaba acostumbrado a salirse siempre con la suya en los negocios y en el dormitorio. Y, por eso, cuando descubrió que la mujer que lo tenía obsesionado, la experta en tecnología informática Jade Mitchell, lo había traicionado, decidió vengarse…



Eduardo Guillermo D'Agostino sintió que todo su cuerpo vibraba de deseo. Apenas podía resistir el ansia de echarse al hombro a la mujer que se acercaba al coche con paso vacilante, pero decidido a la vez, y llevarla a su apartamento, quitarle la ropa, enterrarse en ella y saciar el deseo que llevaba ocho semanas consumiéndolo.


Pero tuvo que contenerse, saboreando una agridulce sensación de anhelo mientras se acercaba. Todo en él se encendió al ver sus ojos del color del jade, como su nombre, irradiando placer y alegría de verlo, aunque su temblorosa sonrisa fuera un reflejo de sus propias emociones. Siempre era así, se excitaban el uno al otro en todos los sentidos.


Eduardo la ayudó a subir a la limusina y se pegó a ella antes de que pudiera apartarse, acariciando el sedoso pelo de color caoba que llevaba suelto para complacerlo, para hacer que perdiese la cabeza como le ocurría siempre con ella.


Sintió que su piel ardía cuando la atrajo hacia él, que se derretía de deseo.


–Eduardo, el conductor…


–No puede vernos ni oírnos –dijo él, besando el pulso que latía en su cuello–. Pero me daría igual que nos viese el mundo entero. Te he echado de menos.


Ella se apartó un poco, pero eso solo consiguió excitarlo aún más.


–Solo han pasado seis horas…


Desde que la llevó a casa.


–Demasiado tiempo.


Eduardo aplastó los temblorosos labios con los suyos, tragándose un gemido, disfrutando de su sabor, de su rendición.


Aquella mujer, la conexión que había entre los dos. Eso era lo único que importaba. El tiempo desaparecía, dejándolos en un mundo que era solo de los dos, llevándolos a un sitio desconocido…


Los discretos pero insistentes golpecitos en el cristal que los separaba del conductor consiguieron devolverlo a la realidad.


Eduardo levantó la cabeza y se encontró prácticamente encima de Jade, su erección clavada en la entrepierna femenina, sobre las braguitas húmedas de deseo, los pezones que había estado chupando por encima de la blusa erectos y trémulos.


Tenía un aspecto… el que Eduardo quería que tuviera siempre: embriagada de placer, rendida de deseo.


Pero habían llegado a la oficina y tendrían que separarse. Esa había sido la condición de Jade para aceptar que fuese a buscarla y la llevase a la oficina cada mañana.


Ese era el problema para Jade: que él fuera su jefe, el multimillonario príncipe de Castaldini.


¿Quién habría imaginado que cualquiera de esas cosas pudiera ser un problema para una mujer?


Pero lo era para Jade.


Eduardo había intentado que lo viera solo como un hombre desde que Jade rechazó sus avances en la reunión obligatoria que mantenía con todo el personal recién contratado. La reunión se había vuelto de índole personal, algo que no le había ocurrido nunca.


Pero no había podido evitarlo. Se había quedado atónito desde el momento en que la vio por su belleza, su evidente inteligencia y ambición profesional. Y se había sorprendido aún más al descubrir que la mujer que combinaba fuerza y vulnerabilidad, candor y timidez, compartía con él gustos, preferencias y hasta ética profesional. Que ella lo rechazase por ser quien era solo había servido para echar gasolina sobre las llamas.


Eduardo dejó escapar un gemido al apartarse del íntimo abrazo.


–Esta noche, Jade. No más esperas.


Ella lo miró con los ojos como platos mientras se arreglaba un poco la ropa con manos temblorosas. ¿Su nerviosismo era de anticipación? Antes de que pudiera comprobarlo, ella silenció sus pensamientos con un beso urgente antes de salir del coche.


Eduardo se echó hacia atrás en el asiento, intentando controlar su libido mientras la veía alejarse a toda prisa. Esperó hasta que la vio entrar por la puerta principal del rascacielos D'Agostino Digital Development y luego la siguió, tomando el ascensor privado.


Una vez en la última planta, se dirigió al despacho con paredes de cristal desde el que se veía todo Manhattan. Pero él solo veía el rostro de Jade.


Ella lo deseaba tanto como él, estaba seguro. Vacilaba porque se sentía insegura, pero Eduardo pulverizaría todas esas dudas.


Él no tenía ninguna. Jade era la mujer de su vida y esa misma noche se lo haría saber…


–El señor Steele está aquí, señor D'Agostino. Y dice que es urgente.


Eduardo se dio la vuelta. Ciro, su mano derecha, estaba dejando entrar a Brandon Steele en su despacho. Debía ser más que urgente para que lo hiciera sin antes pedirle permiso.


Incapaz de dejar de pensar en Jade, Eduardo miró al hombre que se dirigía hacia él con una carpeta en la mano.


–Las pruebas son concluyentes, Jade Mitchell es una espía.




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